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Encuentros hermosos

Noe Kuremoto

Lunes 20 julio 2026

Créditos fotográficos : Kestutis Zilionis

El arte suele ser una búsqueda de sentido, un diálogo entre pasado y presente, entre tradición y reinvención. Para Noe Kuremoto, la creación ahora forma parte de su vida, aunque su trayectoria haya estado salpicada por puestas en entredicho y exploraciones artísticas diversas. Entre Osaka, Londres y Lituania, donde su estudio europeo se ubica en la tranquila región de los lagos, realiza su trabajo de ceramista con un sutil equilibrio entre artesanía y conceptualidad. En esta entrevista, nos cuenta su camino, sus influencia y la manera en la que da vida a sus obras. Nos adentramos en el universo de esta artista que transforma la arcilla en un lenguaje atemporal.

¿Puedes hablarnos de tu trayectoria y de lo que te ha llevado a convertirte en ceramista? ¿Cómo han influenciado tus estudios en la escuela de bellas artes de Central Saint Martins en tu práctica artística?

He crecido rodeada de artistas: artistas en el alma, que solo vivían y respiraban a través del arte. Gracias a mi padre, escultor y profesor de bellas artes, me he relacionado con numerosos pintores, ceramistas, talladores y escultores que han hecho del arte su vocación. En aquella época no era consciente, pero cuando echo la vista atrás me doy cuenta de que tenido el privilegio de que me hayan criado personas con esta misión. Mi destino artístico ya estaba escrito. Sin embargo, nunca me habría imaginado que me convertiría en ceramista.

Elegí la Central Saint Martins (CSM) para estudiar arte conceptual. Las actuaciones, las instalaciones en vídeo, las obras in situ, todo lo que evocaba la urgencia, el ruido, la inmediatez. En los años 90, Londres estaba plagado de una energía creativa. Era la época de los jóvenes artistas británicos, de la generación de Tracey Emin y su cama deshecha, de Damien Hirst y su cordero sumergido en formol, de Rachel Whiteread que hacía casas enteras en resina. Para una joven de 18 años que acababa de llegar de Japón, era apasionante.

Así que me liberé de la tradición, hasta tal punto que acabé abandonando la cerámica (algo irónico, ya que sabemos el rumbo que tomé al final). En aquella época, la disciplina se veía anticuada, cargada de historia, muy rígida. Lo que me interesaba era la provocación, no la conservación. Aún en la actualidad, trabajo la arcilla sin conectar los pies y las manos. Los materiales solo son un medio de llegar al objetivo: la idea siempre prevalece.

La Central Saint Martins (CSM) era estimulante y aterradora: el lugar ideal para desorientarme. En Japón, me había formado en pintura y grabado, donde la precisión y la observación eran primordiales. Siempre he sido la primera de la clase en las prácticas artísticas, pero en la Central Saint Martins a nadie le importaba. Mis profesores se encogían de hombros cuando les hablaba de mis competencias técnicas. Y entonces llegó la revelación. Tuve que comenzar de cero. Ya no tenía que esconderme detrás de la técnica o la belleza. Se acabó la búsqueda de la belleza. La belleza se había convertido en algo casi prohibido.

Y fue allí, en ese preciso momento, en el que realmente empecé a hacer arte. Me encuentraba en algún lugar entre los dos mundos: el arte conceptual y la artesanía. Con el tiempo, me he cuestionado la exclusividad del arte conceptual. El lenguaje codificado. El sentimiento de superioridad que enajena a menudo a quienes no han estudiado el arte contemporáneo.

El triunfo, una vez más, de las bellas artes. La belleza, la artesanía y la materialidad crean una conexión humana instantánea. El verdadero reto es encontrar el equilibrio. Ser conceptualmente vanguardista sin desagradar al público. Por eso, en la actualidad, mi trabajo toma la forma de una conversación entre el intelecto y el instinto, el pasado y el presente, la mente y la mano.

 ¿Los recuerdos de tu infancia en Osaka han marcado tu trabajo? ¿Cuáles son tus principales fuentes de inspiración en tus creaciones?

Pasé mi infancia en Osaka, una ciudad en la que el pasado no se encierra en unas vitrinas, sino que se escabulle bajo los pies.

Los Kofun (tumbas) están por todos lados. Cuando aterrizas en Kansai International, recibes la acogida de imponentes montículos en forma de ojo de cerradura que salpican el paisaje: un espectáculo impresionante.  Grandioso.  Unos túmulos gigantes y antiguos, que albergan emperadores, guerreros y secretos. Mientras que los arqueólogos desterraban cuidadosamente los talismanes en arcilla y las figuras Haniwa, mis hermanos transformaban estos lugares sagrados en terrenos de skate. Yo prefería observar. Las reliquias medio enterradas, cubiertas de musgo, los rostros deteriorados por el tiempo. El pasado volvía, una y otra vez.

No era consciente de ello en la época, pero las tardes que pasaba corriendo en el interior del templo, trazando los contornos de las estatuas olvidadas o haciendo travesuras, han marcado el principio de esta aventura.

Así, la mitología, el folclore y los objetos antiguos entran en mi trabajo. En la tradición japonesa, los talismanes no eran decorativos únicamente, también eran portadores de una voluntad. Un guerrero Haniwa no era una reliquia, sino un guarda. Una estatua de Komainu en un santuario no era solo decorativa, era una invocación a la protección. Estos objetos se han integrado en la vida cotidiana y aúnan lo visible e invisible, como una guía que ha renunciado a la modernidad.

Hay algo que descubrir y extraer de estas historias ancestrales, de estos símbolos antiguos que aún necesitamos. Son testigo de nuestro deseo de sentido, de conexión, de algo que vaya más allá de la existencia transaccional a la que nos reduce con frecuencia la vida en la actualidad.

Quiero que mis figuras en cerámica actúen como vectores, como naves que lleven la sabiduría antigua a un lenguaje contemporáneo. Ya no por nostalgia, sino como una respuesta a nuestra época.

¿Puedes describir las etapas de creación de una de tus piezas, desde la idea inicial a la realización final? Tus piezas emanan una gran poesía y un verdadero sentimiento de libertad en el trabajo de la arcilla. ¿Cuál es tu enfoque de la forma?

A decir verdad, no encuentro la inspiración, sino que la busco.
Escribo de forma desordenada, garabateo. Técnicamente, cada colección comienza de la misma manera, con unos croquis. El primero suele ser el ADN de toda la colección, aunque no tenga ninguna idea de lo que haré más adelante. Después, realizo pequeños modelos, y cada etapa da forma a mi pensamiento.

Pero antes de la arcilla y de los croquis, está la escritura. Páginas enteras. Escribir encauza mis pensamiento y me ayuda a encontrar el porqué.
No se trata de dar forma a la arcilla únicamente. Se trata de modelar el sentido. Para mi primera exposición consagrada a los Haniwa, diseñé más de 200 guerreros epónimos. Se creía que los Haniwa, figuras tradicionales en arcilla del periodo Kofun en Japón, protegían las almas en el más allá. Mis creaciones se basan en el brillo complejo de las armaduras de los samuráis. Los detalles, el simbolismo, la funcionalidad: la fuente de inspiración es infinita. Pero quiero conferirles otra vocación: la de protegernos ahora.

¿Cómo ha influenciado Londres en tu práctica y tu visión artística en comparación con Osaka?

Las dos ciudades me han influenciado muchísimo. Osaka ha establecido los cimientos de la persona que soy, y Londres, los de la artista. Al haber crecido en Osaka, no era consciente de hasta qué punto mis experiencias durante la infancia influenciarían mi práctica artística más tarde.

Londres y Osaka están en las antípodas en términos de tradición cultural y filosofía. Sus contrastes son impresionantes en el mundo del arte con cerámica. En Occidente (en sentido amplio), la referencia a lo «invisible» (los espíritus, las divinidades o los elementos metafísicos) suele toparse con el escepticismo, o incluso con la resistencia. En Osaka, por el contrario, estos temas no solo están aceptados, sino que están profundamente anclados a la expresión artística.

Al estudiar en Londres, me di cuenta rápidamente de que mi compromiso instintivo en la estética japonesa tradicional y las historias espirituales solían estar consideradas como algo anticuado, o incluso intelectualmente reductor. La filosofía predominante valora el concepto más que al artesano, y todo lo que es abiertamente bonito o decorativo se considera como complaciente. Sin embargo, mi práctica artística en Osaka estaba arraigada a la búsqueda de sentido, en lo que se extrae de la belleza y de la tradición, allá donde el refinamiento y la resonancia espiritual no solo están valoradas, sino que son esenciales.

Cuando me diplomé en la Central Saint Martins, me pregunté si en el arte, la belleza era intrínsecamente sospechosa: demasiado deseosa de gustar, demasiado seductora para el público. Con el paso del tiempo, me he deshecho de esta falsa dicotomía. En la actualidad, me esfuerzo por integrar las dos perspectivas, que aúnan el rigor conceptual de Occidente y la profundidad estética y espiritual de Oriente. En esta tensión, este diálogo entre dos mundos, mi obra encuentra su resonancia única.

Has creado un fresco mural para la boutique Sessùn de Islington. ¿Puedes hablarnos de esta colaboración?

Cuando Sessùn me contactó el año pasado para crear una escultura mural, el pliego de condiciones era sorprendentemente abierto. Una prueba de confianza por la que estoy muy agradecida. No se trataba solo de crear una obra para un muro, sino de capturar le esencia de la saga de Sessùn, su historia y su alma.

Lo que más me marcó fue el viaje por América del Sur de Emma François Grasset, fundadora de la marca, así como su inmersión en los paisajes, los artesanos y su riqueza cultural. Me apropié de su historia para crear mi propio punto de partida: un viaje imaginario al corazón de una civilización lejana, pero siempre profundamente presente.

Dejé que mi espíritu errara por las ruinas de una antigua ciudad maya en Guatemala. En el medio de las piedras desgastadas, he imaginado un díptico exhumado con las inscripciones del alfabeto de Sessùn. Esta escultura, instalada en el corazón de la boutique, no podía ser reducida a un simple objeto pasivo. Tenía que cautivar, que invitar a que la tocaran, que transmitir más allá de lo visible. Imaginaba mis dedos trazando el relieve de la piedra, sintiendo el eco de los artesanos cuya precisión y sabiduría han sobrevivido a su nombre. Este acto de conexión, entre pasado y presente, entre artista y espectador, es lo que intento transmitir con esta instalación.

Originalmente, esta obra era un homenaje al poder discreto de la artesanía, a las manos invisibles que conforman la cultura y a la manera en la que los objetos pueden superar el tiempo para contar una historia.

¿Cuáles son tus proyectos o ambiciones para el futuro?

Hacer cosas más grandes. Más audaces. Ir más allá de los muros de una galería. Me gustaría formar parte del espacio público, crear esculturas y sacarlas de las cuatro paredes blancas para que recorran el mundo: confrontarlas, usarlas, darles vida. Evidentemente, obtener un encargo público a gran escala no es fácil, pero la ambición está vinculada al entusiasmo.

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